16 marzo, 2007

misión de la universidad




"Misión de la Universidad" tituló Ortega y Gasset su bello ensayo de 1930 del todo visionario para nuestra Universidad contemporánea. Acaso la pasión que nos despiertan las cosas sea también una definición de poesía. Yo, que me formé en una universidad histórica, que en ella materialicé mis deseos de escribir, no puedo evitar incluirla en mi reflexión hoy como parte del hallazgo de la palabra, mi palabra, mi pasión.

Así como la religión puede no ser más que aquello que está unido irremediablemente a nuestra forma de vivir, la Universidad es a los que nos formamos en ella, la llave que abrió nuestra curiosidad, querramos o no, el timón que guió, incluso por despecho, lo que hoy somos. Como en el microrrelato de Denevi en el que el hombre sugiere que dios actua según las plegarias de la voluntad de uno, incluso cuando dios no le hace a uno ningún caso; la Universidad tal vez sea la institución que más influye en los hombres, incluso en los hombres que han decidido no hacerle ningún caso.

Creo en la idea de que vamos a la Universidad porque no nos da la vida para aprender todo lo que queremos; y que ella, tan generosa, es capaz de ahorrarnos toda la historia, toda la economía, en unos pocos años, después de los que aprendemos, de la historia, de la economía, apenas un puñado de cosas. Tal vez eso sea la Universidad, la demostración exacta de que aprender es aprender sólo aquello que recordaremos siempre, es decir, un pequeño manojo de cosas, que a los veinte años suenan como un enjambre, después como una llave, después, con suerte, como una entrega. Como para los hindúes toda la vida es un aprendizaje de lo sencillo, la Universidad debería servir para comprender lo llano, para acceder a lo esencial de cada campo. Sólo desde ese acercamiento verdadero al estudio es que surgen los hombres que son verdaderos economistas, historiadores, matemáticos, físicos, filólogos.... verdaderos.

Pero sucede que a la necesidad de aprender le sumamos la necesidad de colocarnos, (no la de ubicarnos en el mundo, la cual sí responde a la función primera de todo lo que aprendemos), sino la de convertirnos en esto y lo otro, en este o el otro patrón, para esto y para lo otro, con el fin de tener esto y lo otro de más allá; y es en ese momento, donde la Universidad que resumía el puñado de verdades grandiosas, se descalabra hasta el ridículo, roza la incertidumbre, desorienta en lugar de enseñar, aleja en lugar de acercar a los hombres a sus potencialidades más nobles.

Se han dado estos días cambios en mi universidad, mi universidad histórica, famosa, altanera...A veces un cambio es una oportunidad para pensar el cambio, y eso han constituido mis últimos días de paso por Salamanca; he vuelto a pensar mi universidad, he vuelto a mirarla y a comprenderla, me ha dolido y he vuelto a estar orgullosa de ella. Reivindico sus horas más lúcidas, la voz cristanila de Fray Luis de Léon: "como decíamos ayer...", los ruidosos pasos de Unamuno por nuestro claustro, la calurosa necesidad de enseñar la necesidad de aprender, aprender a amar esa necesidad, independientemente de que se llame literatura o física. Reinvindico esa necesidad sincera de aprender porque sólo ella crea personas más libres, más inteligentes, más felices.