09 octubre, 2014

Eros feroz de la naturaleza





 


He visto a la cría del pez globo
devorar los ojos de su madre
en un arrecife ciego. Vi
a la lluvia torrencial, saliva
sin corazón, atravesar
el tronco de un árbol,
vi el cuerpo mínimo
del niño que al instante moría.


La respiración del alevoso huracán
enterró puertas y ventanas,
nada podía contra el ogro arrasador,
piernas y brazos saltaron por los aires
como esculturas blandas, pedazos
de una ilustración breve,
confeti de carne y huesos.


El velero y su puerto expectante
y aquel océano envenenado
que con aliento inclemente
masticó velas y quillas.
No hubo llegada,
ni costa, ni litoral.
La húmeda soledad escupía
sus piezas muertas en el agua
y señalaba, al compás de los tiburones,
la indiferente aurora.


En la noche de extremo calor
el fuego fortuito y desbocado
atravesó las vigas,
aniquiló en minutos
muebles y objetos
que se pegaron a los cuerpos incendiados
como naipes de ceniza.
El olor a piel quemada era insoportable
y los gritos de la casa
habitaron para siempre
aquellas colinas de niebla espesa.


El león tenía hambre,
se abalanzó sobre el recién nacido elefante
atrayendo a su manada,
ya eran tres leones succionando el cuello de la cría,
lo lamían, se atragantaban,
inmovilizaban su sangre entre los dientes.
Atardecía mientras la carne despedazada
animaba el desafinado coro de las águilas.

A kilómetros
la impresionante anaconda atrapó en el agua
las patas de una yegua,
el alarido deformado de la potra
estallaba al anochecer.
El cuerpo del reptil,
hinchado por las tripas de la cabalgadura,
parecía una fosa de huesos,
una boca descomunal sobre el mundo.
En el cielo quedó suspendida
la posibilidad de una carrera loca,
malditas las alas de Pegaso.


Insectos devorando a mi perrita muerta,
volcanes arrasando pinares y olivos,
el ciclo moribundo del glaciar.
Es el eros de la naturaleza,
retorno de las leyes más sombrías del deseo,
un meteoro impredecible
cuya belleza —amable declive— no evita
la oscuridad del mundo.


En nosotros, en cambio, la avidez es otra cosa.
Es más violento, sí, y estúpido, vernos
destruir por egoísmo.

No hay comentarios: