
Acabábamos de instalarnos en la casa nueva, extensa, luminosa, con vistas al mar inmenso. En el huerto, tres o cuatro naranjos, misteriosos, ovales, repletos de la hermenéutica de la fruta. Un gato que sólo la infancia puede reconocer en el hueco de mi falda amarilla, salida de un pensamiento de Modigliani . Dos granos de maíz oscuro tostados al sol, dientes de un dinosaurio descascarado. Un garaje con olor a papa húmeda, recién escarbada de la tierra, ese resumen de cualquier corazón vivo, arrancado de cuajo.
El garaje. Allí está la historia.
Los ojos de la mujer joven que es mi madre se retuercen apesadumbrados como ojales de una camisa mojada por la lluvia. Sí, mi madre lloraba sobre mi falda de cuatro años, amarilla, desplegada como un gran pañuelo impermeable. Las cajas esparcidas en el suelo, lluviosas también, pardas, abiertas como la promesa de un cumplimiento. El garaje lleno de cajas. Las cajas llenas de libros. Los libros llenos de los ojos de mi madre. Con esa angustia me mira ella, con ese miedo con que los adultos miran por primera vez a un niño a quien deben comunicar una muerte.
Las cajas abiertas. Los libros abiertos. Abiertos y llenos de sangre. Manchadas las letras de los libros como pensamientos durante el insomnio. Grandes manchas pardas sobre letras oscuras que no sé leer. Las manos de mi madre contando los libros manchados. Intentando limpiar la pérdida, resistiendo voluntariosa a un golpe u oportunidad de puerta en el olvido.
Las manchas de los libros que se tornan dibujos, flores esparcidas y agrandadas por el peso de su líquido. Estrellas desmontadas de un patio. Charcos secos, confusiones de una huella, mimadas holografías del sonido. Las manchas de los libros que los ojos de mi madre no pueden soportar.
Pero no es sangre. No. No son manchas de sangre. El garaje lleno de cajas y el olor a papa húmeda. Las cajas abiertas, llenas de libros. Los libros abiertos, llenos de manchas. Pero no es sangre. Es otra la muerte.
- ¿Qué es mamá, lo que les duele tanto a tus ojos?.
-Tinta china- responde.
El garaje lleno de cajas y el olor a papa húmeda. Las cajas abiertas, después del viaje, acabamos de instalarnos en la casa nueva. Las cajas llenas de libros. Abiertos. Los libros llenos de manchas de tinta china. Tapando para siempre la crueldad de lo que ya no se puede leer. La misma tinta china con la que la mujer joven que es mi madre pintaba el flanco invisible de un barco perezoso.
Acabamos de instalarnos en la casa nueva, extensa, luminosa, con vistas al mar inmenso. Las cajas de los libros vinieron a la casa en barco. El barco lleno de cajas. El movimiento del barco derramó la tinta china en los libros que no sé leer. Mi madre llora y las gotas de sus ojos caen sobre la tinta china que tapa la tinta de las letras de los libros que no conozco. La muerte de lo que ya no se puede leer. Las cajas. Los libros. El olor. Los libros muertos. El corazón arrancado de cuajo.
Esta es la primera vez que estoy ante los libros, ante la tinta de los libros, ante las palabras, y ante la muerte. Tengo cuatro años y mi madre canta un amor que todavía no puedo entender. Arranco a llorar. Tan fuerte como puedo, balanceada por la cuerda de un dolor que no comprendo. (Desde ahora todo dolor será para mí siempre incomprensible, como la muerte). Lloro la torpeza y el miedo del adulto que intenta trasmitirme la muerte de la que yo todavía no hice una idea. La muerte es una idea que todavía no puede dolerme. Pero quiero parar los ojos de mi madre reordenando el garaje. La mirada que ella puso en su cara para el sollozo. Arrodillada como un gato en mi falda amarilla. Arranco a llorar. Lloro. En el hueco de las manos de mi madre. Lloro. Un mar inmenso, tres naranjos, dos granos de maíz pintados con tinta china.
Libros. Libros. Libros. Sus escotes finísimos. Sus largas promesas. El amor que empiezo a leer. El que me duele.
El garaje. Allí está la historia.
Los ojos de la mujer joven que es mi madre se retuercen apesadumbrados como ojales de una camisa mojada por la lluvia. Sí, mi madre lloraba sobre mi falda de cuatro años, amarilla, desplegada como un gran pañuelo impermeable. Las cajas esparcidas en el suelo, lluviosas también, pardas, abiertas como la promesa de un cumplimiento. El garaje lleno de cajas. Las cajas llenas de libros. Los libros llenos de los ojos de mi madre. Con esa angustia me mira ella, con ese miedo con que los adultos miran por primera vez a un niño a quien deben comunicar una muerte.
Las cajas abiertas. Los libros abiertos. Abiertos y llenos de sangre. Manchadas las letras de los libros como pensamientos durante el insomnio. Grandes manchas pardas sobre letras oscuras que no sé leer. Las manos de mi madre contando los libros manchados. Intentando limpiar la pérdida, resistiendo voluntariosa a un golpe u oportunidad de puerta en el olvido.
Las manchas de los libros que se tornan dibujos, flores esparcidas y agrandadas por el peso de su líquido. Estrellas desmontadas de un patio. Charcos secos, confusiones de una huella, mimadas holografías del sonido. Las manchas de los libros que los ojos de mi madre no pueden soportar.
Pero no es sangre. No. No son manchas de sangre. El garaje lleno de cajas y el olor a papa húmeda. Las cajas abiertas, llenas de libros. Los libros abiertos, llenos de manchas. Pero no es sangre. Es otra la muerte.
- ¿Qué es mamá, lo que les duele tanto a tus ojos?.
-Tinta china- responde.
El garaje lleno de cajas y el olor a papa húmeda. Las cajas abiertas, después del viaje, acabamos de instalarnos en la casa nueva. Las cajas llenas de libros. Abiertos. Los libros llenos de manchas de tinta china. Tapando para siempre la crueldad de lo que ya no se puede leer. La misma tinta china con la que la mujer joven que es mi madre pintaba el flanco invisible de un barco perezoso.
Acabamos de instalarnos en la casa nueva, extensa, luminosa, con vistas al mar inmenso. Las cajas de los libros vinieron a la casa en barco. El barco lleno de cajas. El movimiento del barco derramó la tinta china en los libros que no sé leer. Mi madre llora y las gotas de sus ojos caen sobre la tinta china que tapa la tinta de las letras de los libros que no conozco. La muerte de lo que ya no se puede leer. Las cajas. Los libros. El olor. Los libros muertos. El corazón arrancado de cuajo.
Esta es la primera vez que estoy ante los libros, ante la tinta de los libros, ante las palabras, y ante la muerte. Tengo cuatro años y mi madre canta un amor que todavía no puedo entender. Arranco a llorar. Tan fuerte como puedo, balanceada por la cuerda de un dolor que no comprendo. (Desde ahora todo dolor será para mí siempre incomprensible, como la muerte). Lloro la torpeza y el miedo del adulto que intenta trasmitirme la muerte de la que yo todavía no hice una idea. La muerte es una idea que todavía no puede dolerme. Pero quiero parar los ojos de mi madre reordenando el garaje. La mirada que ella puso en su cara para el sollozo. Arrodillada como un gato en mi falda amarilla. Arranco a llorar. Lloro. En el hueco de las manos de mi madre. Lloro. Un mar inmenso, tres naranjos, dos granos de maíz pintados con tinta china.
Libros. Libros. Libros. Sus escotes finísimos. Sus largas promesas. El amor que empiezo a leer. El que me duele.

