02 agosto, 2008

El amor a los libros


Acabábamos de instalarnos en la casa nueva, extensa, luminosa, con vistas al mar inmenso. En el huerto, tres o cuatro naranjos, misteriosos, ovales, repletos de la hermenéutica de la fruta. Un gato que sólo la infancia puede reconocer en el hueco de mi falda amarilla, salida de un pensamiento de Modigliani . Dos granos de maíz oscuro tostados al sol, dientes de un dinosaurio descascarado. Un garaje con olor a papa húmeda, recién escarbada de la tierra, ese resumen de cualquier corazón vivo, arrancado de cuajo.
El garaje. Allí está la historia.
Los ojos de la mujer joven que es mi madre se retuercen apesadumbrados como ojales de una camisa mojada por la lluvia. Sí, mi madre lloraba sobre mi falda de cuatro años, amarilla, desplegada como un gran pañuelo impermeable. Las cajas esparcidas en el suelo, lluviosas también, pardas, abiertas como la promesa de un cumplimiento. El garaje lleno de cajas. Las cajas llenas de libros. Los libros llenos de los ojos de mi madre. Con esa angustia me mira ella, con ese miedo con que los adultos miran por primera vez a un niño a quien deben comunicar una muerte.
Las cajas abiertas. Los libros abiertos. Abiertos y llenos de sangre. Manchadas las letras de los libros como pensamientos durante el insomnio. Grandes manchas pardas sobre letras oscuras que no sé leer. Las manos de mi madre contando los libros manchados. Intentando limpiar la pérdida, resistiendo voluntariosa a un golpe u oportunidad de puerta en el olvido.
Las manchas de los libros que se tornan dibujos, flores esparcidas y agrandadas por el peso de su líquido. Estrellas desmontadas de un patio. Charcos secos, confusiones de una huella, mimadas holografías del sonido. Las manchas de los libros que los ojos de mi madre no pueden soportar.
Pero no es sangre. No. No son manchas de sangre. El garaje lleno de cajas y el olor a papa húmeda. Las cajas abiertas, llenas de libros. Los libros abiertos, llenos de manchas. Pero no es sangre. Es otra la muerte.
- ¿Qué es mamá, lo que les duele tanto a tus ojos?.
-Tinta china- responde.
El garaje lleno de cajas y el olor a papa húmeda. Las cajas abiertas, después del viaje, acabamos de instalarnos en la casa nueva. Las cajas llenas de libros. Abiertos. Los libros llenos de manchas de tinta china. Tapando para siempre la crueldad de lo que ya no se puede leer. La misma tinta china con la que la mujer joven que es mi madre pintaba el flanco invisible de un barco perezoso.
Acabamos de instalarnos en la casa nueva, extensa, luminosa, con vistas al mar inmenso. Las cajas de los libros vinieron a la casa en barco. El barco lleno de cajas. El movimiento del barco derramó la tinta china en los libros que no sé leer. Mi madre llora y las gotas de sus ojos caen sobre la tinta china que tapa la tinta de las letras de los libros que no conozco. La muerte de lo que ya no se puede leer. Las cajas. Los libros. El olor. Los libros muertos. El corazón arrancado de cuajo.

Esta es la primera vez que estoy ante los libros, ante la tinta de los libros, ante las palabras, y ante la muerte. Tengo cuatro años y mi madre canta un amor que todavía no puedo entender. Arranco a llorar. Tan fuerte como puedo, balanceada por la cuerda de un dolor que no comprendo. (Desde ahora todo dolor será para mí siempre incomprensible, como la muerte). Lloro la torpeza y el miedo del adulto que intenta trasmitirme la muerte de la que yo todavía no hice una idea. La muerte es una idea que todavía no puede dolerme. Pero quiero parar los ojos de mi madre reordenando el garaje. La mirada que ella puso en su cara para el sollozo. Arrodillada como un gato en mi falda amarilla. Arranco a llorar. Lloro. En el hueco de las manos de mi madre. Lloro. Un mar inmenso, tres naranjos, dos granos de maíz pintados con tinta china.

Libros. Libros. Libros. Sus escotes finísimos. Sus largas promesas. El amor que empiezo a leer. El que me duele.

22 julio, 2008

Meditaciones erróneas

- ¿A qué propuesta respondería SÍ sin pensárselo dos veces?
- Volver a la inocencia. Antes del primer error.
Entrevista de Susana Guzner a Chantal Maillard
Para Antonio,
que un día entró a este blog
y coincidió conmigo en los sutras
Volver a antes del primer error. A antes de ese primer espejo de nubes. Volver a antes. A la mirada infatigable del abuelo, trayendo del campo un racimo de uvas frescas. Volver a antes de antes. Al olor del carmín de mi abuela frente a un espejo repleto de iglesias. Volver a volver. A antes. A la primera vez que la bicicleta vertió la sangre de mi cabeza en una pared blanca, inmaculada, esperando mi rostro de seis años. Volver al amor de mi madre, terso como una gaviota de porcelana, volcado frente a un puerto de espejos laterales, insinuando el horizonte ovalado. Aprender aquella circularidad. Resignificarla. Volver a antes del miedo. A antes de las mieles del miedo. Volver a antes. Incluso a antes de antes. Volver a la infancia. Inconsciente. Volver al primer error y reorganizar un cambio. Nacer en el cambio del error. Verlo en movimiento, como una hoja de hierba. En movimiento. Atraparlo. Decosntruirlo. Aprovechar su duelo. Transformar. El duelo en oportunidad. No transformar. El duelo en sobrevivir. Volver. Pero no. No volver. No volver. Estar aquí. Frente al hecho de re cor dar. Ni siquiera recordar. Estar en el estar. Extraer la estancia del error. Verla de frente. Aplaudirnos en ella. Separarnos del duelo. Ver. Que el error. De verdad. Era. Necesario. Inevitable.

30 junio, 2008

Vacío


Hay una llama colgando del sol.
Hay un perro transparente.
Hay una película de amor
y una canción que me recuerda un perfume.
Hay una esquina. San Juan y Boedo.
Hay un programa de radio
y una niña con el pelo suelto y lacio
como los toboganes de la infancia.
Hay un abrazo y un beso.
Y un chelo que suena
en una casa alquilada.
Hay una película de amor
y un perfume que me recuerda
una canción de otro tiempo.
Hay un juego de llaves.
Hay un espejo, infinito,
y dos que se miran en él
mientras hacen el amor.
Hay un vino oscuro como la noche
cuando se vuelve azul.
Hay un vaso de leche
y galletas de chocolate.
Hay un viaje. Y otro. Y otro.
Y una casa más grande.
Llena de plantas y libros.
Hay trenes. Y coches. Y aviones
que disparan el miedo
contra un corazón blanco.
Hay otros que miran
y dos que miran a otros.
Hay una llama colgando
de un sol en penumbra.
Hay la transparencia
más allá de la imagen.
Hay ropa tirada
en el suelo de madera.
Hay un vaso de agua, solo,
al final de la noche.
Hay flores. Vivas y muertas.
Y mar. Hay mar. Gaviotas que retroceden
hasta el inicio de un sueño
donde dos hacen el amor
delante de un espejo.
Hay calcetines. Y zapatos de colores.
Hay ojos grandes como peces.
Y peces que se muerden los ojos.
Hay pájaros. Y una isla en lo alto.
Hay aviones adentro de los coches,
coches dentro de los trenes, y trenes
donde se escucha un programa de radio
en el que nace una muchacha
con el pelo suelto y lacio
como un manojo de llaves.
Hay una esquina. San Juan y Boedo.
El tamaño en declive
de una encrucijada.
Hay una nuez en un plato.
El corazón de una manzana
lamiendo los bordes de la casa.
Un almuerzo listo.
Dos que esperan.
Hay una película de amor
y la canción que me recuerda
el perfume.
Hay algo donde no había nada.
Hay nada en cualquier
lugar donde haya algo.
No hay nada.
Dos haciendo el amor
enfrente de un espejo.

13 mayo, 2008

Dos veces invisible (sin H. G. Wells)





Hago el ejercicio de la doble.
La del dialecto ensayado en el letargo del exilio.
La que puede transitar los dos lados y volver
farfulladora y alegre
con un gato maltratado entre las piernas.

Soy la adolescente proscrita y cruel
y la sensible del diario de Anna Frank.
La que traiciona a sus hermanas
por un beso de columpio
y salva a sus amigas
por un cigarrillo a la intemperie.

Soy la madre y sólo madre,
la que desteje su aroma de molusco
para alumbrar el nacimiento de su hijo,
la ninfa que se evapora, la matrona despeinada.

Soy un hombre también. Por fin soy un hombre.
Un muchacho fijado al deseo del héroe.

El buscador de amparo, el travestido,
el maquillador de la mejor actriz.

Y Mr. Hyde que mece en los brazos a un niño,
el horror y su forma rebuscada de sinceridad.
La preferida de Lewis Carroll,
y la desposada de Nosferatu,
perenne y desagradable,
dispuesta a morir.

Hago el ejercicio de la doble.
La dos veces nacida.
La dos veces invisible.
Entretanto, mi desacuerdo sueña
con el signo de ser nadie.