31 mayo, 2009

PARAÍSO BUENOS AIRES





Engordada
por la silicona
en sus mejillas
envejece
mientras pasea
por el globo
inabarcable

abrochada
a la calle
un tránsito
ensordecedor
le lame
la cintura
mientras ella
vuelca su cuerpo
de mujer
en un tacón
azul
vuelca
su pobreza
en un broche
barato

Unta sus pestañas
con rimel
una y otra vez
se va quedando
flaquita
en esa oscuridad
con la que se ríe
de ella misma

su sexo de taxi
amarillo y negro
su media
de rejilla
la imponen
a la memoria
la convierten
en una tachadura
la infelicidad
que arde
la letra
de una milonga

El tiempo
le mintió
y ahora
da vueltas
sobre sus noches
de gacela

pero no importa
ella sabe
que la luz
no baja
jamás
de sus ojos tristes
Se va muriendo
el día
desde su cuello
hasta los tobillos
y ese brillante
infinito y suyo
sigue
intacto allí
donde la ven
los que se atreven
a mirar alto

se va
deshuesando
se pinta
de colores
la pollera
recuerda
su pasado
de inmigrantes
y llora
y su llanto
atenta
contra
falsos videntes
contra
economistas
de la intuición
contra
poetas
de superficie

ella hace
cielos
de parques
derruidos
nace
la creación
de sus piernas
sin depilar
de su reserva
de escombros
para cuando
haya menos
de qué quejarse

y se contonea

se contonea
y me enseña la lengua
a mí!
que vine
para amarla

se me acerca
y despacito al oído
me dice
que a pesar
de todo
la vida
está
de su parte.

17 marzo, 2009

La sonrisa de Audrey Hepburn





Tenía dos enormes mariposas en los ojos y soñaba con ser bailarina. Sus inevitables pies desangraban el suelo de madera de una vieja academia de baile de Arnhem, mientras las tropas nazis trazaban el terror de miles de cuerpos irrecuperables. Quería ser bailarina. Con las piernas heridas pulsaba el aire sobre una alfombra de escombros, mientras un gramófono de manivela reproducía la Serenade de Moszkkowski. Sus ojos, gigantes palomas nubladas, desconocían el paradero de su infancia porque tal vez su infancia la desconocía. Sus pupilas poliédricas organizaban reuniones secretas que rompían el silencio impuesto por el dictador agonizante. Bailaba para la resistencia, inmersa en el desamparo de la Segunda Guerra.
Audrey Hepburn fue una refugiada, el olvido de un padre insatisfecho y ajeno, el insostenible y silencioso encierro de una víctima de guerra, la severidad de una madre mutilada por el amor. Una tarde vio el hambre barrer las escaleras de su mansión abandonada, y vio a los soldados llevarse a mujeres que parían al borde del camino, y vio ahorcada la ilusión de su cuello de cisne marchito bajo un camión infranqueable, y vio retorcerse el cuerpo de sus seres queridos bajo las tripas del horizonte. Audrey Hepburn ya entonces vio la muerte de cerca, como la ven los niños y los ancianos, más perplejos en su nacer.
Quería ser bailarina y fue modelo, diseñadora de sombreros que recolectaba en la calle, vendedora de cosméticos en los salones de belleza de Londres, azafata, florista, corista en High Button Shoes.

Pero un día Audrey Hepburn se convirtió en Audrey Hepburn. Nadie sabía de qué suburbio o calzada de Europa había roto el fuego aquella divinidad, pero al verla encender el corazón de cientos de espectadores de mil novecientos cuarenta y tantos, nadie ignoraba que aquella muchacha de ojos precisos, custodiados por dos enormes camellos incandescentes, sería desde entonces la envidiada por el coro de cualquier espectáculo de Broadway.
Audrey Hepburn encarnaría en un instante la constatación de que un minúsculo cambio del destino encierra una cadena imparable de sucesos en el universo. Audrey Hepburn lograría una reproducción de la alquimia, ese mágico arte con el que los antiguos herméticos transmutaban los metales más simples en oro, la oscuridad en luz. Audrey Hepburn, que había visto la muerte de cerca, transformaría su lágrima caliente en una estrella imprescindible.
Sería así la princesa soñada en Roman Holiday (Vacaciones en Roma), envuelta en un fastuoso vestido blanco bajo el que su pie atinaba a buscar un zapato de cenicienta transfigurada. Sería la dulce y audaz Sabrina, que entonaba desde una ventana de París “la vie en rose”; la modelo de Fred Astaire, Una cara con ángel para el recuerdo de cualquier primer plano. Sería la religiosa que en una llanura africana afinaría la vida de una mujer con coraje; la imponente dama de la epopeya de Tolstoi; la musa de Givenchy, la primera en suspirar con perfume, L’interdit!; la primera en usar los capezio de calle; la inspiración de Ferragamo; la admirada de Truman Capote; la que desayunaba con diamantes y nicotina abrazada a un gato sin dueño; la encarnación de Lesbos junto a Shirley MacLaine en La calumnia; la que observaba a Cary Grant ducharse vestido en Charada; el objeto del deseo de Pigmalión, My fair lady.

Audrey Hepburn miraba el mundo a través de dos grandes ojos por los que pasaba un velero sin adiós. En esa mirada diáfana, de otro mundo, alternaba la reconciliación, el equilibrio que recompone la belleza. Así fue la mujer que amó y fue amada, la madre insospechada y valiente, la que trenzaba la brillante imaginación de sus hijos a la luz de una vela, la que abortó cinco veces y otra vez vio la muerte de cerca, desafiando sus ojos. La que fue en busca de su padre y perdonó, la que abrazó a su madre y calmó su pérdida, la que corrió hacia la historia que le había cambiado la vida en África. La que en el centro exacto de la desesperación llenó sus ojos de peces, haciendo de toda entrega una marea breve. La que amamantó a la desterrada Etiopía, la que besó los labios de Guatemala, del Salvador, de Venezuela, la que vacunó a cientos de niños desesperados en Turquía, la que acompañó a los rebeldes de Sudán, la que abatió con las arterias de su corazón la miseria de Bangladesh y Vietnam, la que salvó del abismo a un recién nacido de Somalia.

Al final de sus días, Audrey Hepburn leía El diario de Ana Frank mientras sonaba una sinfónica, y aquella era su historia. Cuando estaba a punto de morir recordó que su vida había sido el momento más feliz de su vida, y cuentan que de sus ojos volaron en equilibrio dos luciérnagas y un sol negro. Sí, Audrey Hepburn ha logrado deslumbrar al mundo con la profundidad de su belleza, porque quizás la belleza es eso que sucede más allá de lo visible, y acaso a su delgada figura acude a desmontarse el desacierto de la realidad. En la infinita mirada de la mujer más hermosa de la historia del cine había una fuente y un relámpago, el grito de un astro y la esperanza de un niño, viejos granos de arena acumulados contra su cuerpo enfermo, los tristes ojos de una muchacha aterrada que quería ser bailarina en una vieja academia de Arnhem. Pero sobre todo, detrás, muy atrás y mucho antes, había una sonrisa. Y era eterna la sonrisa de Audrey Hepburn.
HOY, 4 DE MAYO DE 2009, UN AMIGO POETA DE BRASIL ME HA RECORDADO QUE CELEBRAMOS LOS 80 AÑOS DEL NACIMIENTO DE AUDREY HEPBURN!!! FELICIDADES!!!! BRINDO POR ELLA Y POR SUS SEGUIDORES!!!

13 febrero, 2009

Canción del abismo




Nadie me salva de mí.
Me veo inflamar un dolor
que me transfigura hasta enloquecer.
Subrayo mi abismo,
trazo las líneas de su apabullante flagelo,
caigo del hemisferio izquierdo del mundo,
como si me abandonara el disfraz del equilibrio.

Nada es suave en el mirarse,
ni siquiera el recuerdo
de unos zapatitos de charol,
el fácil discurrir de tu beso
en las solapas blandas de mi boca,
la puerta giratoria
en la que de pronto tuve miedo.

Una oruga indiscreta atraviesa mi necesidad.
Corro hacia mí, envuelta en mí
me convierto en un ser irresistible,
convocado por su desfiladero.
Soy tajo y cuenca,
la quebrada insuficiente de un campo
donde busco los rostros de mi corazón,
devueltos de mí en el peso de una piedra.

Por eso me invento un otro
que abre las puertas,
que descorre el telón,
que sostiene el escenario
o propone una calle cualquiera
desde la que saludo abiertamente al vértigo,
como si me atrapara una fotografía.

Invento a un otro que verifica el precipicio,
la desfiguración de mi propio abandono de mí,
la fosa ilimitada de mi debilidad.
Invento a otro que justifique mi insignificante derrota,
porque no soporto
que mi desvelo de ser todo
coincida irónicamente con la nada.

14 enero, 2009

Perfección de los sueños que corriges la realidad


Intento escribir: “perfección de los sueños que corriges la realidad”. Pero Gaza. Gaza.
Alguna vez imaginé una guerra. Los tobillos de la guerra son delgadísimos y están clavados en el desierto, como espantapájaros de aves de metal. Los oídos confunden el infranqueable chirrido del óxido con el pálido sonido de la visita de un huésped que odiamos. El territorio está marcado, la tierra, que no nos pertenece, a la que pertenecemos, justifica hasta el hartazgo. Pero un día se cansa de justificar y la ambición saca su capote para comenzar su juego de tauromaquia. Estoy aquí, en una ciudad elevada en su contorno, con sus calles australes y sus bocinas roncas. Pero puedo estar allí, mirando la lluvia de fuegos reales caer a la altura de los pies de mi madre, de mi hermano...
Quiero correr hacia el flanco del cielo donde todo esté ordenado y el azul devuelva un marco de futuro en su espejo. Correr hacia mí misma, sin andar de cuclillas bajo las mesas, repasando el cartón duro del pan que comeré cuando la pared que me mira deje de temblar. Me encuentro con una mujer, su negra silueta intenta ordenar los huesos de un niño, su mirada llena de fuego amasa la cintura derribada del horizonte. Ando entre cuerpos, pisando pequeñas almas que salen de mí misma hacia el fusil, como atrapadas por el irrechazable destino de un imán. Me vacío de la historia, de la memoria, de la infancia. Y llego a los sueños, a la mente de alguien lejano que está perfeccionándolos, pero no hay consuelo. La realidad sigue siendo la misma, nada la corrige. Ni siquiera yo, desnuda frente a los ojos del hombre que va a matarme.

19 diciembre, 2008

La ahorcada de Sade




Llamadla la muerta-caminando; decid que adonde va
enturbia su bosque con sangre. Yo cierro de golpe una verja.
Notifico que su hueso axial engancha la rosa.
Djuna Barnes


La mujer rota
Simone de Beauvoir


I


Princesa del espanto,
novia resignada,
galimatías del pánico.

La mano feroz aprieta tu cuerpo
contra el quicio de la pared,
tu boca se desbarata
y al fondo suena tu voz
contra un almohadón irrespirable.

El universo se detiene
en tu cifra de culpabilidad,
cuando te resistes,
cuando no te resistes,
cordero forzado a ir al encuentro
y almacenar un yugo propio.

Una y otra vez enfrentas el dolor
con la boca abierta de sorpresa,
como un títere amaestrado.
Mientras
pálidas monedas de espectador
chorrean en el espejo
en el que floreces
con el vals del golpe.

Tu rostro revela sangre anterior,
seca, tarareada
frente a la descomposición de tu amor
y su música de muñeca rota.
Tu rostro es una flor que se abre,
roja, estigmatizada bajo un sol radiante,
te pinta los labios y los ojos.

Ahora llegas a la herida,
entras en ella sin pétalos ya,
como una rosa mustia.
Eres la Ofelia mutilada,
vestida de pesadilla de Tim Burton,
débil como una grulla de papel,
la mano del otro te deconstruye
y casi te mata.

Sin embargo tú,
la ahorcada de Sade,
descansas sobre el sueño
en que todo termina,
distribuyes sobre la cama
tus huesos inflamados,
y sigues siendo la más bella.