21 enero, 2012

Vacaciones en Roma

Qué verano tan crujiente, Joe Bradley.
El calor se ha pegado a las calles
como un astro en peligro,
la ciudad se ha llenado de tigres,
de piernas desordenadas,
de camisas blancas que saludan
como diminutas banderas taoístas.

Qué regalo increíble
el de la eternidad en el cuerpo, Joe,
o tú y yo, mi precioso journalist,
nosotros, que no somos más
que nuestro secreto.

¿Te he dicho que estoy preparada para el viaje?
Recorreremos en vespa Il Colosseo,
Piazza Venezia, Umberto I,
y esa dulce intersección de todo amor imposible. 

Oh loco amor que trastornas mi cartílago,
amenazado siempre por tu no poder ser,
inaccesible amor de alas terribles,
airoso amor que llenas el mundo de niñez.

Oh tímido Gregory Peck que calzas mi zapato
en la orilla de tu boca.
Oh murciélago suave que vienes a mis ojos
para mirarle mejor.

Oh cupido ciego, lobo estepario, príncipe indeciso,
¿no podrías tú convertirnos en animales afines?
¿no podrías tú, amor, jugar a la testosterona,
hacer explotar mi estrógeno más fuerte?

Oh Roma inalcanzable, eterno palíndromo,
no te lleves nunca este verano en blanco y negro,
no nos cures, no nos cures de espanto,
no nos salves, ni nos purifiques, ni nos embellezcas,
déjanos solos, dentro del Dante.

Déjame perderle una y otra vez,
que prefiero soñar con él que la gravedad de tenerle,
que prefiero extraviarme en él que encontrarme con todo,
que más hondo permanece en la memoria
el amor que no es, el loco amor, el imposible.

03 enero, 2012

“Chamaquili”: un libro color redondo

En todo cuento infantil hay al menos tres niños más o menos encubiertos: el protagonista de la historia, el lector de la aventura y el escritor del libro. Y cuando un cuento infantil cumple su función, los ojos del mundo entornan una riesgosa mirada de algodón de azúcar, la naturaleza ha renovado sus perfiles y de fondo girará para siempre el tiovivo de una caja de sorpresas. Estas son las coordenadas de la serie de aventuras de “Chamaquili”, carta de navegación de rejuvenecimientos, juguete de profundidades, texto cómplice de una alegría de los siete años. En efecto, Alexis Díaz-Pimienta (La Habana,1966) ha creado una fábula maravillosa para grandes y chicos. “Chamaquili” es una leyenda para adultos con ansias de crecer hacia la infancia, con deseos de retomar los lenguajes más libres del juego. Todo en las historias de este niño de dos orillas suena a metafísico xilófono, invocador de los paradigmas de la espontaneidad. A esa altura, cualquier edad encontrará su niñez, un viaje con alfombra mágica cuyo destino final descansa en la picardía más inocente y en los sueños más puros. Pero sobre todo, “Chamaquili” ha conseguido desarrollar una de las habilidades más imponentes de los cuentos infantiles: acompañar las emociones. La amistad, el amor, la soledad, el aprendizaje, la corporeidad, el miedo, la valentía, aparecen en las historias de este niño universal que conoce a la perfección el camino del guiño poético y del calambur. ¡¡¡¡Chiquititos, a volar!!!!!… “Chamaquili” es una travesía de dos costas, de Almería a la Habana, de la jerga andaluza a la cubana, del imaginario caribeño al español. Un asombro en constante latencia muy bien acompañado por una alta presencia de imágenes marinas y terrestres: peces de piscina y medusas disueltas en cubitos de hielo, dibujos animados que atacan nuestros sueños, un metro que tantea en la medida el precio escandaloso de las cosas, un calendario con la cronología de los deseos, un mapa con forma de chichón, una conversación vertiginosa con la función de los dientes de leche, el agua salada de Aguadulce, la metaliteratura de ogros, brujas y lobos que ya causan risa… Todo, acompañado por un excelente trabajo de ilustración y por un lenguaje de una gran inteligencia emocional, donde no pasan desapercibidos la fuerza didáctica y el vuelo lírico, la humanidad y la conciencia social, la apertura y el buen juicio. Alexis Díaz-Pimienta ha conseguido un equilibrio encantador entre humor y ternura, cotidiano y maravilla, imaginación y realidad. “Chamaquili” es el retrato de tres niños. Un niño que es todos los niños, un niño que es todos los adultos que tienen la suerte de tener dentro un niño y el poeta Alexis Díaz-Pimienta, un niño grande. Con pasos agigantados, huellas indelebles, corazón de siete leguas, “Chamaquili” ha decidido refundar el mundo, y darle, por fin, su auténtico color: “¿De qué color iba a ser?/ ¡El mundo es color redondo!” Datos del libro Alexis Díaz-Pimienta: Chamaquili en Almería, Cuba, Ediciones Abril, 2011. Ilustraciones de Jorge Oliver Medina. Para conseguir el libro en España, ya en librerías Amazon, el Corte Inglés, la Casa del Libro y en www.chamaquili.com y Scripta Manent Ediciones http://scriptamanent.redtienda.net/ent.php

11 noviembre, 2011

Instrucciones para descubrir a la mujer en el zapato





El zapato es un mapa.
Recorra aquel de la mujer que ama
y encontrará allí
la obertura de su opereta más triste.

El zapato es inmortal,
déjelo caer por la ventana de la mujer que odia
y lo verá levantarse victorioso
como un gato amaestrado.

El zapato es siempre descabellado y absurdo,
a la usura del paso propone una quietud en movimiento,
la evasión de una yaga,
la armadura de un palacio de cristal.

Si escuchó los pasos de ella en el pasillo,
sabe que todo zapato
esconde un instrumento musical.
Visto de cerca el zapato rememora un arpa,
desmembrado es un violín,
la cuerda más sexual de la guitarra,
el tacón punta tacón.

Ave Fénix de la infancia,
el zapato es una erotización del recuerdo,
la irrealidad de ver por primera vez los pies de la madre,
la constatación de nuestra primera soledad en el mundo.

Miro mis botas hinchadas por la lluvia
mis viejos zapatitos de charol
mis mocasines para jugar en el patio
mis agujas de vértigo
mis sandalias de Brasil.

El zapato es mi ruta de viaje.
El zapato es mi mapa mudo,
la geografía
de mi cuerpo celeste.

12 septiembre, 2011

Sola en la oscuridad





Claro que he buscado la ceguera,
arrancarme los ojos, pensar
como los sabios, estar sola.

Pestañas postizas, eyeliner
para la que pasea sin ojos
por lo que quiere ver.

Esta ciega es un símbolo,
su corazón alimenta
a los filósofos y a los carniceros,
su corazón que me mira
cuando va a encontrarse contigo.

Toda mirada impone una ceguera.
Rota por la oscuridad, la que mira
evita lo que no se ve,
la erosión de la superficie,
el vaivén de los muchos desarraigos del mirar.

¿Y la que ve, la que mira y ve?
Esa tiene miedo, como los locos,
hombres inválidos para retener sus sueños,
niños que chupándose el pulgar
recuerdan cabalmente su dormir.

Por eso yo prefiero estar dentro del thriller,
fijar el báculo en los otros actores,
limpiar mi bondad y dejar que me besen.
El guión es perfecto: para huir de ti,
para ver, para mirar,
la ciega apaga las luces del mundo.

14 agosto, 2011

Líneas de la mano



Tan cerca, que tu mano sobre mi pecho es mía. Pablo Nerura



Cicatrices de una vida retirada,
jardín espontáneo, monte acolchado,
piel clara de la infancia.
Somos huevo, interior del huevo,
cáscara indivisible hacia dentro.
El huevo explota en la mano
como una burbuja, palidece una vez más
sobre los reflejos de la quiromancia.
En la yema de los dedos
guardamos el impuro secreto
de un océano impresionista.
Mirando mi mano
el mar se bifurca en su eterno algodón.
Caben Oriente y Occidente
en las manos que saludan desde tu pecho azul.

La mano que acaricia
es suave como la lengua de las tortugas,
arde en los dientes del girasol,
regala el universo de las superficies lisas.
La mano que corrompe, la que se enfrenta,
discute una y otra vez
su autoestima de señal de tráfico,
y es tan tierna, sin embargo,
la superposición de sus heridas…

Hay manos que se han teñido de óxido,
manos que caminan solas, a tientas,
y manos nacidas para lamer.
Hay manos que dialogan con la tierra
y que buscan su contraste.
Hay dedos amables, generosos, escribientes
y dedos difíciles en su terca opinión,
dedos que señalan la luna de las inquisiciones.

¿Cuántas manos caben en cada mano?
¿Quién puso mi pulgar exactamente allí,
en el laberinto de tu costado azul?
Hay manos que valen para decir el amor
como el ciego detecta una estrella
en el brote escandaloso
de las enredaderas de invierno.

Sultanas que buscan contentarte,
quitarte el miedo de mis cavilaciones,
retirarte del peligro,
sumarte a la cifra de la felicidad...

Estas manos que apoyo en ti son ciertamente tuyas,
sirven para sembrar un río y para pensar un jardín.
Adivinas de nosotros, futurólogas en minifalda,
hadas sin naufragio, sirenas mudas,
disuelven su terrón de azúcar
en tu delicado dolor que ya se va.


24 julio, 2011

Las noches de Amy






Aún recuerdo la filosa espada de tus tacones
cortando la densidad del vacío
en las frías calles de Londres.
Amanecías frente al bar más triste.
Nadie sabía que eras tú, Winehouse.
Nadie sabía que en tu boca
aparcaba el ángel de Dinah Washington,
que a tus pulmones iba a buscar el azul
el pincel de todos los tatuajes,
que en tus ojos de egipcia
se derramaba el tinte de la noche.

Ha pasado tiempo de eso, Amy,
pero sigues fumando largamente,
maga del opio, De Quincey fotografiada sin ropa,
corres hacia ti, sorprendida de tu cuerpo,
como si fueras sólo un traje, una esfera abstracta,
un recodo de esa otra tú que circula,
ingenua e invisible, columpiándose en el límite.

Lo sabes, cada vez mueres un poco,
y enhebras con tu filosa espada
el último grito de Kurt Cobain en la bañera,
el arañazo finísimo de Janis Joplin en la pared.

Me arrodillo en tu zapato que está sucio y cubierto de escamas.
Pez inédito, solitaria del corazón, mantis religiosa,
masticas despacio cada pedazo de música.
El chicle del horizonte se desvela en el taxista que te vio nacer,
las calles de Londres se desfiguran,
tu madre abre las puertas oblicuas de una farmacia minúscula,
y a ti te detienen por iluminar desnuda un hotel de Noruega.

Quisiera pedirte que no mueras tanto, novicia eléctrica.
Quisiera saber que no morirás, vino oculto,
blues de las moras, sangre de las uvas, licor de la tierra.
Quisiera pedirte, casa de la voz, daga del vacío.
No mueras, no mueras, no mueras.


mayo de 2010

04 junio, 2011

La cajera



Este amor no conoce separación.
Ni yo me voy ni vos te quedás.
Eliseo Subiela

Son las seis de un supermercado de Madrid.
La luz se cuela en filamentos rotos, suenan pasos,
un cuchillo desmenuza el lomo de un animal,
cae, ardiente, una pirámide de manzanas verdes.

Sé que estás cerca, pues todo se ha movido de sí
hacia la entrega, todo se inclina con furia,
se estremece, inaguantable, se desordena.

Latas de conserva quieren ser rápidamente de otros,
se niegan las nueces a tener una mitad, estalla una sandía,
la miel se derrama y propaga una estrella.
Aquí donde yacían los peces del almuerzo
ahora se abre un infinito acuario, las góndolas de Venecia,
el muelle al que vienen a aparearse cien lobas de mar.

Me siento frente a ti y toco el borde escandaloso del piano,
esta máquina gris que busca lamer la moneda que me das,
puede ser el paraíso tu compra solitaria?
Bajo los ojos, la mirada. Elevo el escote severo, jadeante.
Te amenazo en silencio: ni yo me quedo, ni tú te vas.

Y persiste en mi boca el sabor de un limón amargo,
la leche violenta, la terquedad de las espinas,
el color triste de los pasteles de fresa,
la risa insoportable de un exprimidor.

Te vas con el sonido resignado de la puerta automática,
con mi cuerpo frío, temblando, pegado a tu espalda,
haciéndote pequeñísimo adentro de mis ojos.

Luego, de noche, cuando tengo que cerrar,
descorcho una botella que no me pertenece
y celebro que al verte he vuelto a morir.
Y juego a desvanecer la luz y a limpiar los cuchillos
y rozo con mis labios la manzana arrepentida,
y guardo mi corazón
en el estuche de aftershave que has olvidado.